Inocente, inocente
Viernes, 28 de Diciembre de 2007 por Sara
Como cada año, en España y en Hispanoamérica, el 28 de diciembre se celebra el día de los Inocentes, en el que todo individuo está expuesto a bromas y mofas de diversa índole, que cada uno acepta como buenamente puede.
Curiosamente, en este día de risas, la tradición cristiana conmemora una matanza: cuando el rey Herodes, con el fin de deshacerse del recién nacido Jesús de Nazaret, ordenó matar a todos los niños menores de 2 años nacidos en Belén.
En otro paises, el día de las bromas se celebra el día 1 de abril, y está desvinculado de la tradición cristiana. En Alemania se llama 1 april, y las bromas son denominadas Aprilscherz, que significa “broma de abril”. En Francia, Bélgica o Italia, celebran el “pez de abril”, por eso en lugar del típico monigote recortado, el símbolo de los inocentes es un pez. En Reino Unido y Estados Unidos les gastan las bromas a los “tontos de abril”.
De cualquier modo, en este día damos rienda suelta a nuestra imaginación para reirnos de la inocencia ajena, e inevitablemente se crea un clima de desconfianza como sistema de autodefensa.
Propongo que compartáis vuestras anécdotas de los inocentes, como autores o como víctimas, que nos servirán para pasar un buen rato y tomar nota para próximas ediciones. ¡No bajéis la guardia!









Bueno, a ver, inauguro sección con un poco de retraso, por que no se diga: La mía es de cuando yo era un canijo-mediometro. Había debajo de mi casa una confitería de esas de toda la vida, donde nos conocían a los seis hermanos, pues eso, de toda la vida, y donde yo me hacía más horas que en mi casa. El Día de los Inocentes me bajé a primerísima hora y les comenté la jugada que había planeado: pasteles para todos (al menos los de mi casa) con aditivos especiales. Dicho y hecho; me prepararon uno para cada uno (sabían al dedillo cual era el pastel favorito de cada uno) con relleno de guindilla, pimienta en lugar de canela, sal donde normalmente el azúcar blanquea el pastel… Fue divertido ver la reacción, y mi vecina Conchita, la de la confitería, se tiró meses riéndose recordando la jugada.