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La historia de Pedro

Para leer el resto de las historias presentadas al concurso de El Mosquitero y las normas para votar, entrad aquí.

 

Pedro juega en su original historia con un final sorprendente, ‘La espera’.

Pedro

 

La espera

¡Por Dios, que pare ya!
Ese repiqueteo incesante de la lluvia sobre la ventana no me deja pensar con claridad. Claro que pensar en qué; en estos momentos no puedo hacer nada, sólo esperar y esperar.
Ya me lo dijeron: la espera es lo peor. Cuánta razón tenían.
Al menos ese ruido ensordecedor mantiene mi mente distraída en algo, y quizás consiga que me olvide un poco del motivo que me trajo hasta aquí.
No entiendo cómo pudo ocurrir…. éramos tan felices juntos y de pronto… Al final tendrán razón los que dicen que la felicidad no existe, siempre tiene que ocurrir algo que lo estropee todo. ¡No es justo! Y precisamente cuando mejor estaba con ella, cuando por fin había logrado entenderla… No me lo perdonaré si no sale de ésta… ¡Por Dios, tampoco la golpee tan fuerte! Es cierto que estaba muy cabreado, pero tenía mis motivos, no me hacía caso, se negaba a hacer lo que yo le ordenaba… cualquiera hubiese actuado igual, lo sé… además, ya le había dado igual montones de veces y nunca había ocurrido nada… ¡Joder, no fue para tanto!
Qué tendrá la lluvia que su sonido insistente logra aletargarnos el cerebro hasta dejarnos hipnotizados… Será la evocación de tiempos pasados, cuando nuestros remotos ancestros tanto dependían para su supervivencia de este trivial suceso meteorológico…. Aunque pensándolo bien, aún hoy seguimos dependiendo igual. Claro que en estos días, con tantos quehaceres diarios, no tenemos tiempo ni para pensar en ello; antiguamente supongo que se pasarían horas y horas enteras sólo escuchando caer la esperada lluvia sobre la tierra que les daba la vida. Puede que sea ese el motivo del divagar nostálgico al que nos conduce siempre el obsesivo sonido de la lluvia.
¿Lo ves? De nuevo ha vuelto a conducir mis pensamientos por caminos insospechados. Lo cierto es que no sé si está consiguiendo en verdad tranquilizarme o aún está poniéndome más nervioso. Si al menos dejasen fumar en esta sala como antiguamente… El color amarillento opaco de ese cristal que hace de caja de resonancia de las gotas que caen del cielo evidencia el sinfín de horas de espera de que ha sido testigo esta minúscula sala; cuántos miles de cigarrillos no habrán proyectado su humo mortífero sobre esa ventana que ahora se queja lastimosa del tiempo transcurrido sobre sus oxidadas bisagras…
Es cierto que ya me dijeron que me podría marchar, dar una vuelta por ahí, que ya ellos se encargarían de todo, que no habría problemas… pero, Dios mío, quién se va y la deja sola con unos extraños… y en su estado… Definitivamente eso es algo impensable.
Cuántas ganas tengo ya de poder disfrutar de nuevo con ella… jugar juntos como solíamos hacer, manosearla, poseerla, sentirla mía y sólo mía. Dios, no veo el momento de que toda esta pesadilla termine de una vez….
Un momento… parece que ya sale alguien.
- ¿El señor García? ¿Es usted el señor García?
- Sí, sí… soy yo… dígame qué ocurre… qué ha pasado.
- Tranquilo, todo ha ido bien.
- Pero… qué tenía, qué le han hecho, por favor contésteme….
- No se altere hombre, ya le he dicho que no era nada que no se pudiese solucionar.
- Y podré llevármela hoy… compréndalo, la necesito, no podría vivir sin ella… ¿le quedarán secuelas?
- Ya le he dicho que no ha sido nada, está perfectamente, sólo ha sido la fuente de alimentación, una sobrecarga o algún cortocircuito, nada grave. Se la hemos cambiado y hoy mismo podrá volver a casa con su computadora en perfecto estado de funcionamiento.
- Gracias a Dios. No sabe lo feliz que me hace.
Por fin vuelvo a respirar tranquilo. Desde que se me averió no conseguía dormir, perdí el apetito, mi ánimo estaba por los suelos… pero ya vuelvo a ser el mismo.
Incluso ha dejado de llover.

La historia de Montse

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Montse relata una cita fallida, o lo que es la primera parte de una gran historia, porque en su blog podéis seguir la continuación a este relato. 

Montse

Santa Lluvia o una tarde pasada por agua.

 

Era un día especial, iba arreglada con todo detalle, para la cita sin embargo el cielo no auguraba nada bueno. El día había amanecido muy nublado y la tarde se convirtió en una pesadilla gracias a la lluvia, aunque a mi me parecía que nada estropearía aquella “cita a ciegas”.

Salí de casa temprano, preparada para un encuentro maravilloso, esperado durante tanto tiempo y la primera dificultad la encontré en el tráfico. Menos mal que había salido con tiempo, soy tan absurdamente puntual que siempre he preferido llegar adelantada que dar un plantón. Sí, por aquello, tan manido pero tan cierto, de no hacer lo que a ti no te gusta que te hagan.

Después de ir enumerando por orden alfabético a todos los alcaldes, ministros de Fomento, etc., con innumerables recuerdos a sus ascendientes y descendientes, no precisamente para ponerles una coronita de santidad, conseguí llegar a la ciudad después de sortear auténticas piscinas en el pavimento.

Cambié de la radio al CD con la intención de ir animándome y aparecer, aunque mi pelo hubiera dejado de ser una melena esplendorosa para pasar a ser una maraña extraña gracias a la humedad, con una sonrisa espléndida. Eso siempre es un buen comienzo en una cita.

Sin embargo no contaba con la dificultad del parking. Claro, todo el mundo había sacado el coche y allí estaba yo haciendo nudos para que “San Cucufato” me ayudara en la ingrata tarea de encontrar un hueco (letanía muy usual cuando pasan estas cosas: San Cucufato, San Cucufato, si no hay parking los co.. nes te ato, mientras se aprieta el nudo).

Al final, con el tiempo escaso y después de 25 maniobras para poder soltarlo, conseguí uno lejos de mi destino.

Salí como alma que lleva el diablo pero no contaba con el viento y su ferocidad, así que en los primeros 35 metros, el paraguas se “dio la vuelta” 3 veces, lo que me obligó a utilizar las dos manos para sujetarlo, pero al dar la vuelta a una calle, se rebeló contra mí y decidió partirse.

Al tiempo que yo perdía mi paraguas, sin tiempo para hacerle un merecido funeral, la lluvia se convirtió en diluvio y comenzaron los desastres. Mi pelo se empapó, los zapatos iban haciendo “chof-chof” gracias a los incontables charcos que había en todas las aceras. El goteo del pelo sobre mi cara consiguió que el rimmel empezara a correrse y para cuando llegué, más bien parecía una trucha recién pescada que una mujer que iba a su primera cita a ciegas.

Entré estornudando y moqueando. Dejando charcos según caminaba en el Vips. Me escocían los ojos por culpa del maquillaje así que me fui a toda velocidad al baño para intentar mejorar aquel desaguisado pero al verme reflejada en el espejo vi que aquello no tenía solución.

Antes de salir del servicio había tomado una decisión, no iba a ponerme el pañuelo rojo al cuello para ser reconocida por él. De camino al baño le había visto. Estaba leyendo el periódico “El Mundo” tal cual habíamos quedado y había un sombrero sobre la mesa. A primera vista era un “cañón” pero yo, con la pinta de una anguila biafreña no estaba para citas ni otras cosas, así que no saqué el pañuelo, volví a mi coche y maldije durante todo el viaje de vuelta, aquella asquerosa tarde de lluvia que truncó mis mejores expectativas.

Mientras volvía a casa, sorteando atascos y con un cabreo del quince, sonó el móvil en varias ocasiones. No tuve valor de cogerlo, bueno, valor tenía pero razones o excusas para el plantón, no. Yo que he odiado siempre los plantones, había dado uno y la excusa era tan peregrina como que la culpa la tenía aquella maldita tarde de lluvia. Quedaba descartado explicarle que mi aspecto era la raíz del problema, habría sido peor el remedio que la enfermedad. Él no me había visto y, desde luego, no lo iba a hacer con esta pinta!!!. Con el cuidado que había puesto para que todo fuera perfecto y aquella lluvia se volvió contra mí, convirtiéndose en tal diluvio que me transformó en poco menos que un proyecto de mujer, empapada y desteñida. Sí, mis zapatos negros habían desteñido y mirar a mis pies era peor que hacerlo a mi cara.

Al día siguiente, y gracias a aquella desastrosa tarde de lluvia, me encontraba en la cama, muerta de frío, con fiebre y moqueando como un grifo. Fue entonces cuando me atreví a coger el teléfono y llamar.

Que cielo de hombre y qué bien se tragó la historia. Pobrecito, tan guapo y tan elemental!!! Mi voz delataba el enfriamiento y el resto vino rodado. Le pedí disculpas por no haber podido llamarle ni coger el teléfono porque en “Urgencias” del hospital estaba prohibido. Ya sé que todo el mundo lo hace pero yo soy muuuuuuy respetuosa con las normas.

Quedamos para otro día. Me auto-impuse que la siguiente ocasión sería sin la más mínima probabilidad ni de un chubasco ligero, no estaba dispuesta a que otra tarde de lluvia aguara mis planes, y cuando digo aguar, es por no decir que los inundó.

No tardó mucho en producirse. Quedamos de nuevo y aquella vez no falló nada, pero…………. eso quedará para cuando el relato trate de una tarde soleada cuando todo salió a pedir de boca.

La historia del Cabreado Enmascarado

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Para que quede claro que los Opaítos son unos artistas,  el Cabreado Enmascarado presentó al concurso una historia divertida y muy visual, con un título muy largo: ‘Esta tarde no salgo, que está lloviendo del carajo’.

El cabreado enmascarado

NOS PRESENTAMOS AL CONCURSO DEL MOSQUITERO

ESTA TARDE NO SALGO, QUE ESTA LLOVIENDO DEL CARAJO.

Pi, pi, pi ,pi, pi… suena la alarma del móvil, seis de la tarde, fin de la siesta. Me levanto un poco ajín porque me quedaría un rato más en cama, pero como no me levante, la gorda ya está pegándome la bronca.

Salto de la cama, levanto la persiana y miro a la calle, joer, pienso “hace una tarde lluviosa”, ¿lluviosa?, esta tarde no salgo, que está lloviendo del carajo. Así que hago mentalmente mi cometido en la tarde casera, un buen cafelito primero, un buen rato al pc bajando música, leyendo el marca digital y luego, resto de tele hasta la hora del papeo.Paso a salón y le digo a la parienta.

- “Un cafelito calentito viene bien ahora” y ella me contesta en seco.
- “Pues prepáratelo con los cojones”, así que la primera en la frente.
- “Po esta tarde no salgo que está lloviendo del carajo”, digo estirándome de la flojera.
- “Anda hijo, tu siempre tan fino, no puedes decir que hace una tarde lluviosa, o que está lloviendo mucho…, desde luego que estaba ciega el día que nos presentó tu hermana”.

Me vinieron en esos momentos esas imágenes tan tiernas, cuando conocí a mi gorda.. ¡Cómo pasa el tiempo¡ pensé para mis adentros.

- ¿Entonces no vas a la peña? (la peña es donde nos reunimos to los colegas y entre partidita y partidita a las cartas nos pillamos unos morazos mu gordos).
- No, ya te he dicho que está lloviendo del carajo y que no salgo esta tarde.
- Pues entonces aprovecha y arréglale la lamparita a los niños y mira porque cojea la lavadora, que ya hace un año que te lo dije y al final tendrá que venir mi cuñado para arreglarla y luego no te gusta que te diga que eres un inútil, que no arreglas nada de la casa.

Esto lo consideré un golpe bajo, que unido al del café y que todo mi proyecto vagueante de la tarde se iban a la mierda, me dieron ganas de contestarle: “ Tus muertos”, pero con eso de las denuncias de maltrato hay que pensarse que se le dice a la parienta, así que contesté:

- Valeee, después del café me pongo.
- “Bueno pues yo voy un momento a casa de mi madre, ahora que escampo un poquito”. Pegó un portazo y ese fue.
- Uf, por mi mare que cualquier día, cualquier dia ….aju.

Me dirigí a la cocina a paso lento porque la verdad que la tarde no me animaba a mucho esfuerzo, busco y busco por el mueble y ni rastro de café.

- Esta mujer no sabe ya donde guardar las cosas, cualquier día esconde a los niños y me creo que los han raptado. Llamaré por teléfono para que me diga donde lo ha puesto.
- ¿Qué quieres ahora gilipollas?, la contestación no pudo ser más elocuente.
- Que no encuentro el café, ¿Dónde coño lo has metido?.
- Anda, que despiste, que se acabó esta mañana y no me acorde de comprarlo. Tendrás que tomarte un zumo o un vaso de agua, que es más sano y así te ayuda en el wáter, que como dices que últimamente estas estreñío seguro que te viene bien.
- Vale, vete con toas tus castas. Y le colgué.

Así que después del zumo de piña y un par de palmeritas que pillé de la alacena me dirigí al cuarto de los niños para arreglar la lamparita. Al meterle mano, no me di cuenta que tenía un cable pelao y me dio un leñazo que me llegó hasta el juanete.

- ¡Coño con la lámpara! ¡Mal empezamos!.

La solución era clara, el problema era el cable. Así que esto estaba chupao, cable nuevo y listo. Me dirigí al cajón donde to se guarda y mi sorpresa fue que en el cajón había de todo, menos cable. Chungo, me dije, si no hay cable resulta que hay que comprarlo y eso significa que tendré que ir a la tienda y con lo que llueve, yo no salgo ni loco. O le pongo cinta, que por cierto no veo ninguna o le pongo un poco de fixo, que total pa el caso es lo mismo, ya mañana compro cable y lo pongo bien, el caso era detectar la avería y esta ya está resuelta.

Así que una vez resuelta la primera ñapa me fui al cuartito de la lavadora e inspeccioné porque cojeaba. Después de sacar la lavadora y voltearla para detrás, que por cierto le di un viaje a la pared y le quite un trozo, me di cuenta que el problema no era la pata, le faltaba una arandela para que pudiera dar vuelta y esto sí que era difícil de encontrar. Pos na que mañana la compro con el cable, puse la lavadora en su sitio y al bajarla se salió to el agua.

- Oju la que se ha liado, dios mío y la lavadora cojea más que antes, serán posibles los cacharros estos que parecen que to es tocarlo y se ponen peor.

Recogí el agua como pude, la verdad eso de la fregona no se me da muy bien y al empujar la lavadora contra la pared, se doblo la pata estropeada y se partió. Ahora sí que la he cagao, pensé, como la parienta vea como esta esto me mata, me cago en to a que al final tengo que salir por el cable y la pata… y con lo que está lloviendo mare mía. Le puse la guía telefónica doblada debajo de la zona donde se partió la pata, termine de secar el suelo con el albornoz y me vestí para ir a la ferretería.

Nada más salir un coche que pasaba me dio un arreón de agua.

- ¡Cabrón! Ojala te estrelles en la esquina. Fue un impulso instintivo que no pude evitar y es que además me llegó el agua hasta el paladar.

Para colmo en frente, en la puerta de la peña, había dos amigotes y se estaban partiendo el culo de la risa mirándome.

- ¿Qué? una gracia ¿no?, les dije.
- Venga entra y tomate una cervecita, me dijeron, imagino que para seguir con el cachondeo
- No, que tengo que ir a la ferretería para comprar unas cosas.
- Bueno po aligérate y a la vuelta vienes que estamos repartiendo el dinero que nos ha tocao en la quiniela.

Hombre menos mal, pensé, una buena cosa esta tarde y me dirigí rápidamente a la ferretería de más abajo, mientras caía un chaparrón del carajo. En la tienda compré tres metros de cable, para que no me faltara, pero la arandela de la pata no me la lleve porque necesitaba el grosor del original, por eso de que según el tamaño así entra en el agujero.

Po me parece que pa poner el cable na más lo dejo para mañana y ahora voy a la peña, cobro el dinerito de la quiniela que me viene mu bien y me tomo una cervecita. Este fue mi pensamiento inmediato y mi acción determinante y a eso me dispuse.

Lo que paso después, pues ya se pueden imaginar, echa una copita y echa otra, hasta que a las diez sonó el móvil.

- ¿Dónde estas desgraciao? No me quería imaginar la cara que tendría la gorda.
- Estoy en la peña, que bajé a la ferretería pa comprar el cable y la pata y entré, que me han pagado el premio de la quiniela. Contesté en un tono sumiso.
- ¿El cable y la pata?, inútil, que he llegado y estaba dando chispazos la lamparita y la lavadora toda volcada y el suelo inundao. Desde luego que es pa matarte, pa matarte. Anda vente ya para casa.
- Ya voy, ya voy. Mira que voy a subir una fiambrerita con caracoles en tomate que tu sabes que lo hacen mu buenos en la peña.
- ¿Con tomate?, con una lata de tomate de cinco kilos te daba yo en la cabeza, venga pa arriba ya. Y me colgó un poco brusco, bueno más bien pienso que tiro el teléfono contra la pared.

Dos horas después de la llamada aparecí por el portal de mi casa y es que ya sabéis que cuando uno está con los amigotes en la peña, el reloj corre que pela y al subir el último escalón me di cuenta que no iba en muy buenas condiciones. Un inoportuno tropezón hizo que se me cayera de las manos la fiambrera con los caracoles en tomate y estos quedaran tirados por el suelo y estampados contra la puerta de mi casa. Ante el escándalo que formé y el grito de miedo que salió de mi garganta escocida por las cervezas y los tintos con casera, mi parienta abrió la puerta y me dijo gritando.

- ¿No te da vergüenza venir a esta hora hijo? y ¡mira la borrachera que trae el asqueroso!

A lo cual yo que no tenia excusa posible, recordé uno de los chistes mas sonaos de la peña y rezando para que mi parienta no lo hubiera oído nunca y poniendo cara de pena y medio llorando le dije:

- ¡La hora la hora!, ¿tú sabes lo que me ha costado traer los caracoles a casa?.

Y agachándome un poco y haciendo aspaviento empujando a los caracoles les dije:

- ¡Venga señores, un empujoncito más que ya estamos en casa!.

Y es que no tenía que haber salido esta tarde lluviosa, que estaba lloviendo del carajo.

Grrr… ¡ay oma!!

La historia de Neruda

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La historia de Neruda refleja una realidad que nos asalta cada día en los medios de comunicación, un tema muy recurrido en este concurso, pero que no todo el mundo sabe contar. Ella lo ha hecho con la figura de un gato y ‘Golpes del Destino’.

Neruda

Mis Relatos….

Golpes del destino….
La tarde había sido gris y lluviosa, tremendamente fría, era como si el destino quisiera ofrecer a María aquellas gotas de lluvia para lavar su herida alma.
Poco importaba que el sol apenas alumbrara la ciudad, que hubiera cesado ya el ir y venir de las gentes, que el frío calara aquellos huesos castigados por los golpes…. María corrió hacia la puerta, en un intento desesperado de huir, sin pensar en las tremendas consecuencias de sus actos y sobre todo, sin querer mirar hacia atrás….
Se oyó una fuerte voz que gritaba palabras incoherentes, insultos y amenazas que juraban una sentencia de muerte para ella.
Corrió por el acerado descalza. Su cuerpo, casi desnudo, había dejado de temblar. Mientras corría, un escalofrío se apoderó de ella… empezaba a ser consciente del paso dado. Buscó cobijo entre unos cubos de basura, casi sin aliento, exhausta, doblándose cada vez más hasta hacerse una bolita prácticamente imperceptible. Era la postura que solía adoptar cuando Sergio en un alarde de “hombría” solía desquitarse con ella pegándole, cada vez con más frecuencia. Por un momento contrajo la respiración, buscando algún sonido que pudiera alertarla del peligro dejado atrás, y cerrando los ojos soltó el aire aliviada al descubrir un maravilloso silencio a su alrededor.
Repasó estos últimos dos años, llenos de golpes, de señales en su rostro que evidenciaban el horror que, en silencio, estaba viviendo, de excusas ante los demás, de segundas y terceras oportunidades al verdugo con el que compartía cama, y de una larga lista de humillaciones que habían acabado anulando su personalidad.
Sintió un leve ruido y su corazón se encogió por el miedo. Un suave roce en su pierna la sobresaltó, comprobando inmediatamente que se trataba de un pequeño gato que de forma amistosa se había acercado hasta ella.
Lo miró con lágrimas en los ojos, y casi balbuceando le dijo: -”ven aquí pequeño…”. Lo tomó en sus brazos acariciándolo y en ese instante pensó en algo que alguien le dijo una vez: “los gatos son las únicas criaturas que eligen el sitio donde quieren estar”. María en aquel momento deseó ser un gato comprendiendo que jamás podría serlo sin dar un paso importante antes. Se levantó con dificultad, intentando unir las últimas fuerzas que le restaban, y con aquel pequeño felino en sus manos se dirigió con paso firme hasta la comisaría más cercana. Aquel era el inicio para empezar a ser, de momento, una aprendiz de gato…..
Para todas aquellas valientes que denuncian al monstruo que les roba la vida día a día…..

La historia de Naida

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La historia de Naida me gustó por su humor y su imaginación a la hora de relatar ‘La Rebelión del cambio de estación’.

Naida

La rebelión del cambio de estación

No hay nada mejor que el día de hoy, soleado y caluroso para explicar mi singular jornada lluviosa de ayer…
Mi nariz me avisó por fín, había llegado el otoño. Creo recordar que cuando éramos niños la entrada de las estaciones aún se colocaba ordenadamente en los números del calendario, ahora el cambio climático no para de jugar con ellas al trilero. Aún así, el otoño se huele, se siente… lo noto en los dedos de mis pies que juegan a ser cubitos de hielo bajo las mantas donde se transportan las siestas. Lo noto en ese olor que suele flotar a eso de las 8 de la mañana, lo veo en el pintor que cuidadosamente lava su pincel y abre un maletín nuevo de colores y lo oigo en el ruido del viento que se muestra poco sumiso.
Como soy una persona bastante sistemática sabía que era el día perfecto para organizar el armario, cambio de estación, cambio de disfraz. Así que con valentía deslicé las puertas correderas dejando atrás el mismo pensamiento de cada año y es que mil veces después de ver las Crónicas de Narnia había intentado atravesar el armario sin éxito ante los socarrones ojos de Murphys, mi gato.
Y como quien lleva a cabo un ritual ancestral, cogí una por una todas las prendas y las dispuse de forma ordenada encima de la cama, cuando ya estaba a punto de acabar con toda la estantería derecha, picaron a la puerta. En un primer momento me quedé paralizada, pensé que si volvían a picar sería el cartero ya que parece ser que este buen hombre siempre llama dos veces, pero no era el caso, porque la persona que estaba al otro lado de la puerta se estaba dejando el dedo pegado al timbre así que si no iba a abrirle rápido estaba seguro que atravesaría la pared y parte de él se quedaría dentro de casa, idea que me angustiaba todavía más, así que abrí la puerta, no sin antes echar un vistazo por la mirilla. Era el vecino de abajo, un hombre mayor eternamente malhumorado que se quejaba de que mi perro saltaba a su patio. En esos momentos mi gato miraba desde una esquina a esa persona ciega que le había ofendido tan gravemente, así que lo cogí, se lo mostré y lo más amablemente que pude le pregunté sobre su vista. Una vez me hube despedido de Miguel Carballeda volví a la habitación para seguir con la ropa, cual fue mi sorpresa al ver que todas las camisetas que había dejado tan perfectamente colocadas estaban enganchadas por los tirantes formando un SOS gigante, pensé que tal vez el café con leche de la mañana no me había sentado bien del todo, como la mayoría de las veces, ante situaciones que me inquietaban acababa pensando que ante los problemas soluciones, así que sin darle demasiada importancia (eso o salir pies en polvorosa con mi perro…ay…por favor!) , doblé de nuevo todas las camisetas, y esta vez, por si las moscas las introduje ya en la caja con un cartel que rezaba, “Si estoy vacía, es porque estás en una terraza, comiéndote unas bravas en buena compañía”, siempre me ha parecido de mala educación utilizar la misma caja para la ropa de invierno y de verano…
El ritual duró aproximadamente dos horas, las camisas, los pantalones y las camisetas ya estaban en el lugar que correspondían, luego era cuestión de bajar la caja de invierno, la cual rezaba “Ves pensando en comprar castañas, tus amigas siempre se adelantan, a ver esta vez como te las apañas”, así que con unos cuantos resoplidos conseguí colocarla en la cama, pesaba muchísimo!!
Lo primero que ví al abrirla fue el abrigo que con tanta ansia me había comprado el año pasado, lo rescaté de su celda de verano y lo abracé, junto a él había vivido una de las historias más importantes de mi vida, conocimos a nuestra media naranja en un local de moda del centro de Barcelona.
Lo que ocurrió a continuación fue más sorprendente aún que el SOS improvisado de antes, tras mi espalda y bajo el aviso de un soplo frío en mi nuca, desfilaban amenazadoras todas las prendas de verano, cuadradas y dispuestas a atacar. No podía creer lo que estaba viendo, tal vez fuese todo culpa de hablarle a la ropa cada vez que tenía que planchar simulando que estaba en un consultorio médico y yo iba haciendo pasar una a una a mi despacho, así las curaba planchándolas, la mejor doctora del mundo entero, una manera como cualquier otra de aumentar la autoestima.
Noté que unos brazos me rodeaban y en un abrir y cerrar de ojos tenía a mi abrigo protegiéndome de tal amenaza textil, el espectáculo era terrorífico, las camisetas de tirantes avanzaban decididas con un aire de susceptibilidad bastante sospechoso, los pantalones caminaban con pasos decididos como hombres de negocios de éxito y las faldas iban tras ellos como locas.
Una vez más mi abrigo y yo en una historia apasionante, lo único que podía hacer era ponérmelo y salvarlo del violento final que le esperaba, visto el odio que desprendían las gafas de sol que cerraban la procesión, era como ver la Santa Compaña de Dolce & Gabana, así que como si se llevara mi alma el diablo, enganché en la huída a mi Murphys y juntos salimos fuera. La calle estaba desierta, una fina cortina lluviosa la decoraba. Giré sobre mis talones y alcé la vista hacia la ventana de mi piso, en el alfeizar de la ventana, dos camisas de verano atrapaban con sus mangas mi gorro de lana preferido, apretándolo junto al cristal, con un cartel que rezaba… “no nos moverás”.

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